El problema es que muchos chavales con TDAH no llegan a mostrar sus habilidades porque se quedan atascados en el filtro escolar. Sin embargo, según Isabel Orjales, es muy posible que encuentren más fácil estudiar una carrera que haber `sobrevivido´ a la secundaria: «En la universidad, su asistencia irregular no está penalizada, a nadie le importa que utilice apuntes fotocopiados para el estudio y, aunque sigan

teniendo problemas de atención y memoria, les resulta más fácil perseverar en el estudio de materias que han elegido. Además, la mayor parte de las veces, la nota depende de un único examen (muchos hiperactivos son capaces de aprobarlo con un trabajo intenso de última hora), no como en el colegio, donde se exige un rendimiento más homogéneo y continuado. Y para los que tienen problemas para expresarse organizadamente por escrito, los exámenes tipo test, más frecuentes en la universidad, les resultan más sencillos». Y es que, según Adela Tortosa, el apoyo de la escuela es vital para que un hiperactivo salga adelante: «Los TDAH son incapaces de elegir, se bloquean y los ayuda mucho algo tan sencillo como que en un examen de matemáticas les den cada problema en una hoja. Para ellos, todo lo que puedan hacer oralmente o tipo test, siempre mejor que por escrito».


Para un hiperactivo es muy importante conseguir la experiencia de que hay algo en la vida que hace bien, tanto como entrenar aquellos aspectos en los que tiene dificultades. «Al igual que los niños con la autoestima baja –explica Isabel Orjales–, los TDAH no quieren hacer nada por miedo a fracasar, pero si son buenos en algo, no quieren dejar de hacerlo.» Al igual que Phelps, son competitivos porque necesitan medallas y se entregan con pasión a aquellas tareas en las que pueden conseguir el aplauso de un profesor, de un monitor o un padre. «Son muy dependientes emocionalmente. En edades en las que un niño ya se siente satisfecho con el dibujo que ha hecho, el hiperactivo necesita levantarse y enseñárselo a su profesor: busca desesperadamente la aprobación de los demás.» 


Lo cierto es que muchos hiperactivos tienen una energía desbordante que puede canalizarse a través del deporte, pero eso no significa que vayan a convertirse en deportistas de élite. «Cada TDAH es diferente y hay que escuchar muy bien cuáles son sus preferencias –sugiere la psicóloga–. Si lo llevas a una clase de natación con otros 15 chicos, quizá sienta el mismo estrés para sujetarse a sí mismo que en el colegio. A veces es preferible que vaya dos veces al mes, pero esté solo, o que estudie un idioma raro y pueda ser el mejor porque no tiene competencia.»


Y es que muchos expertos también hacen hincapié en que modelos como el de Verdasco no deben crear falsas esperanzas. «Redefinir el TDAH como un don sería un error –dice Natalie Knochenhauer, fundadora de la organización americana ADHD Aware y madre de cuatro niños hiperactivos–. No puedes tener una discapacidad que necesita adaptación en la clase y, al mismo tiempo, decir que tienes suerte. Hay miles de niños ahí fuera luchando por salir adelante con TDAH y no podemos engañarles ni contarles un cuento de hadas. Sinceramente, creo que Michael Phelps es un gran nadador con TDAH, pero no un gran nadador porque tiene TDAH.»


«El reto –añade Isabel Orjales– es que lo que hoy consideramos un trastorno en un niño porque tiene unos síntomas que provocan desadaptación, en el futuro se consideren simplemente rasgos de su personalidad: un ‘ya sabes cómo es Paco…’. Hay que dar a los TDAH el mensaje claro de que tienen una diferencia, no una enfermedad, y que Michael Phelps es sólo uno de los miles de niños con hiperactividad que se han convertido en adultos de éxito.»

Isabel Navarro

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