Una vez diagnosticado, la familia acudió a la asociación AHIDA en busca de orientación. Con la ayuda farmacológica prescrita por especialistas y la terapia conductual, el pequeño empezó a dar los primeros pasos de un largo camino para conseguir centrarse, algo que no lograba la madre. «Yo me sentía totalmente desbordada. Era como si no pudiera con mi vida. Además, me veía muy reflejada en muchas de las cosas que hacía mi hijo, así que cuando la psicóloga de la asociación nos dijo que alguien de la familia tenía que tener ese trastorno porque es hereditario, contesté: 'Yo, soy yo'. Ni lo dudé».
La certeza de que ella sufría el mismo padecimiento le llevó a pedir cita en el hospital Vall d'Hebrón. Quería un dictamen médico que no conseguía en Bilbao. «Un día cogí un avión por la mañana, me fui a Barcelona con mi madre y volví por la tarde con el diagnóstico y la receta con la medicación». Aunque parezca raro, Susana nunca se ha sentido mejor. «Fue un alivio. De golpe entendí mi infancia, mi vida y el comportamiento de mis padres. Yo no había sido una niña vaga, pero me lo llamaban en la escuela y en casa porque no terminaba nunca los deberes...».
Una ebullición interior
Pese a este hándicap, Susana hizo hasta COU. Luego, en vez de ir a la Universidad, se decantó por la Formación Profesional. Estudió Administrativo y después preparó una oposición. Es funcionaria. «Para una hiperactiva como yo, no está nada mal», bromea. Conocer su trastorno le ha permitido tomar las riendas de su vida y, sobre todo, «entenderme, porque antes no me entendía. Tenía una sensación de ebullición interior, una especie de desazón, de inquietud que ahora logro controlar».
Susana y su hijo siguen un tratamiento farmacológico. Ella lo llama «la píldora de la felicidad, porque me da una paz interior que antes no tenía. Ni me planteo dejar la medicación. También los diabéticos y los hipertensos toman pastillas a diario y nadie les dice que lo dejen», recalca. Mientras el chaval tiene una prescripción diaria pautada por los médicos, ella ha aprendido a reconocer el momento o la etapa en que le viene bien medicarse.
Además de las pastillas, su hijo acude a una terapia conductual con la psicóloga de la asociación porque se trata de «ejercitar la disciplina». Y es que las rutinas diarias vienen muy bien. «El orden externo es un buen antídoto para el desorden interno», comenta esta mujer. Y entre esas rutinas, los deberes del chaval constituyen la columna vertebral del día a día de esta familia. «Mi vida gira en torno a las tareas escolares de mi hijo mayor».
«Cuesta salir del armario»
Y se explica. Un superdotado como él puede sacar un diez en un examen o un suspenso. «Todo depende de si se dispersa o no». Y ella quiere que se concentre, porque se trata de esquivar el fracaso escolar. Para ayudarle, Susana está al pie del cañón. «Él estudia mientras yo plancho. Yo también me tengo que obligar con mis deberes. Nos ayudamos mutuamente. Me suele decir: 'Gracias, ama, por comprenderme'. ¡Cómo no voy a entenderle si sé perfectamente de lo que me habla!».
Sólo el círculo más cercano a la familia conoce el trastorno por déficit de atención e hiperactividad de Susana y de su hijo. «La gente no tiene ni idea de lo que es esto. Y claro, en cuanto dices que te tomas una pastilla, te miran raro. Yo no es que quiera ocultarlo, pero cuesta salir del armario», dice. Por ello, prefiere presentarse como 'Susana', a secas, sin apellido. No obstante, cree que ya ha iniciado el camino de hacer visible un trastorno al que se enfrenta con valentía, de forma que «ahora soy más feliz porque me entiendo y he aprendido recursos para afrontar determinadas situaciones. Además, Edison, Leonardo Da Vinci, Einstein, Churchill y 'Magic' Johnson son famosos hiperactivos», se ríe





